02-08-2026
"La clase que nos debemos"
Por Carlos A. Sortino (*) @CarlosASortino

Decíamos en un artículo anterior (Ver "Todos nuestros límites son político-ideológicos") que no hay manera de batallar contra la ideología dominante sin ordenar una voluntad colectiva política e ideológicamente construida, despojada de esencialismos clasistas. 

Ellos, los que gobiernan, la tienen más fácil: su sentido práctico les dice que se ejerce el poder cuando se administran los propios intereses económicos y hay conciencia de clase. Sólo necesitan organizarse en "equipo" y crear una marca potente.

Ellos saben también que para gobernar el Estado, desde adentro o desde afuera del gobierno, hay que trascender los límites del puro y bruto ejercicio del poder, que para ello es necesaria la producción material de un orden social que legitime sus imperativos materiales e ideológicos, que esa hegemonía se construya y se sostenga con la instalación de un discurso del orden alterador de signo, significado y significante, que articule con los medios masivos (las llamadas "redes sociales" también lo son) para lograr una argamasa que sistematice la sensación general de invulnerabilidad de su poder instituido. 

Porque el "concierto capitalista" no es sólo dominación económica. Su complejo institucional, llamado República o Monarquía Parlamentaria, fue ideado y materializado como constitución y soporte de: a) un orden jurídico que legaliza el control oligopólico de la economía; b) una organización política que subordina las necesidades y expectativas del pueblo a los intereses de ese oligopolio; y c) un sentido común estructurado para naturalizar aquel control y esta subordinación. 

Para traducir todo esto a nuestra vida cotidiana, sólo hagamos la prueba de traer a nuestra memoria todo lo que han dicho y dicen los funcionarios de este gobierno y todo lo que han publicado y publican los grandes medios (replicado hasta el hartazgo por las "redes sociales"), despojándonos de todos los prejuicios posibles e intentando hacer una análisis racional de todo ello, es decir, confrontar ese "relato" con la realidad palpable en el barrio de cada uno. 

Es por eso que sigue firme la idea de que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante, como supo sintetizar Marx a mediados del siglo 19. Porque así funciona desde siempre la humanidad. Cambian los actores, cambian las tecnologías, cambian los modos de producción y distribución de la riqueza. Pero aquella condición humana se mantiene inalterable. Y el sentido común viene a ser su vulgata, el motor cotidiano de las conductas sociales (Ver, por ejemplo, "Las políticas de Estado como clausura ideológica", o "El Estado como bombero del Mercado"). 

Acaba de ser nombrado un tal Marx. Olvidemos sus negativas connotaciones, inyectadas en nuestro "sentido común" a través del mismo procedimiento descripto líneas arriba. Es tan sólo uno de los tantos intelectuales que han sostenido y siguen sosteniendo exactamente lo mismo, con mayor o menor intensidad, pero que no son tan famosos como él. Ni siquiera es el autor intelectual del concepto de "clase", que es el motivo de este breve ensayo. 

Contra lo que el "sentido común" esgrime sobre el marxismo, no hay una clase "dominada", sino amplios estratos sociales subalternos, con un factor que los unifica: su posición económica. Pero sin "conciencia de clase", factor que los diversifica. La clase dominante, en cambio, está constituida también por su posición económica, pero tiene conciencia de ello y por eso, precisamente, domina. 

Así las cosas, la cuestión de la conciencia política es el eje de cualquier transformación social y esa conciencia, por aquel factor diversificador del que hablamos antes, no puede quedar atrapada al interior de una clase socioeconómicamente pre constituida. No iremos a ninguna parte si mantenemos ese prejuicio (el "esencialismo de clase", que no proviene de Marx ni de Lenin, ni siquiera de Guevara). El esfuerzo es construir ideológica y políticamente, desde esta diversidad, una voluntad colectiva que vaya por la hegemonía, es decir, por la dirección política, intelectual y moral (al decir de Gramsci) de la población.

Si logramos impulsar una transformación política que derive en una alteración de raíz del complejo institucional que nos ordena (ver "El juego de las reglas"), podremos ser capaces de arrancar de su élite programadora el proceso de toma de decisión y control de las políticas públicas (que incluyen a los negocios privados), para ponerlo en manos del pueblo (ver "Nadie está pensando en la inclusión política"). Así,  no sólo estaremos desequilibrando la fuente de poder político, sino también las fuentes de poder del complejo institucional en su conjunto. 

(*) Carlos Sortino exclusivo para Cadena BA. 31/7/2019

Periodista, ex docente de la UNLP. Referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA): https://www.facebook.com/COMPALaPlata/