19-10-2018
"El poder oligárquico"
Por Carlos A. Sortino (*) @CarlosASortino 

Podríamos decir que un gobierno oligárquico es un gobierno de pocos para pocos, lo que incluye una cuota de asistencialismo para "el pobrerío" y una cuota de represión para "los disconformes". Pero, ¿cómo es posible que un poder oligárquico se instale en un sistema democrático, lo ordene y lo conduzca?Desde principios del siglo XX, muchos intelectuales han intentado explicarlo (desde Robert Michels hasta Pierre Rosanvallon, pasando por Max Weber, por ejemplo), pero no lo han logrado.

Una primera tentativa de explicación de este fracaso es, por una parte, que los intelectuales que intentan explorar esta aparente contradicción están atrapados en las redes ideológicas creadas por sus colegas del siglo 19, aquellos que igualaron democracia con representación (ver artículo "Una lectura de la historia"). Y, por otra parte, dejan de lado sistemáticamente las influencias recíprocas entre poder económico y poder político o, como mucho, las plantean como "accidentes" y siguen analizando al poder político, como si fuera autónomo.

El acta que define

Quizás no hayan prestado atención, entre tantos otros documentos americanos, al Acta de la Junta Electoral de San Luis de Potosí (México) del 4 de julio de 1813. Allí se puede leer, textualmente: "Si nos hayamos congregados en verdadera junta aristocrática es en virtud de la democracia del pueblo" (AGN, México, Historia, vol. 445, exp. XIV, f. 10. El acta es citada por varios historiadores en distintos libros, como Elías Palti, en "El tiempo de la política" o François-Xavier Guerra, en "Figuras de la modernidad", entre otros).

¿Aristocracia es igual a oligarquía? Teóricamente, no. Sin embargo, van de la mano. Porque el sentido original de aristocracia es "gobierno de los mejores". Ocurrió que ya en aquellas épocas había degenerado en "gobierno de pocos" (y de la misma clase social), es decir, oligarquía. Pero la nobleza reinante en Europa, amante y mecenas de los estudios literarios y de las bellas artes, continuaba auto referenciándose en el mito de la aristocracia. En América, este sentimiento también reinaba, aunque no la monarquía. Por eso, el sistema "democrático" estuvo hecho para que la nobleza, que ya no podía ser hereditaria, sea elegida por el pueblo.

Delegación y representación

Otros intelectuales han intentado explicar el mayor o menor contenido democrático de la representación política, apelando a distintos y muy seductores argumentos. Por ejemplo, el politólogo Guillermo O´Donnell, que opone la "democracia delegativa" a la "democracia representativa".

Para O´Donnell, "las democracias delegativas se basan en la premisa de que la persona que gana la elección presidencial está autorizada a gobernar como él o ella crea conveniente, sólo restringida por la cruda realidad de las relaciones de poder existentes y por la limitación constitucional del término de su mandato". Y dice de ella que "en realidad es más democrática, pero menos liberal, que la democracia representativa".

A pesar de esta última apreciación, O´Donnell opta por la "solución liberal", en desmedro de aquella dimensión democrática, y describe su "sueño representativo" del siguiente modo: "La representación implica accountability: de alguna manera el representante es responsable por sus acciones ante quienes lo autorizaron a hablar en su nombre. En las democracias institucionalizadas, la accountability no es sólo vertical (es decir, la implicada en el hecho de que periódicamente los gobernantes deben rendir cuentas ante las urnas) sino también horizontal. Ella opera mediante una red de poderes relativamente autónomos (es decir, instituciones) que pueden examinar y cuestionar y, de ser necesario, sancionar actos irregulares cometidos durante el desempeño de los cargos públicos. La representación y la accountability conforman la dimensión republicana de la democracia: la existencia y vigencia de una clara distinción entre los intereses públicos y privados de los funcionarios" ("¿Democracia delegativa?", Guillermo O'Donnell, papel de trabajo Nº 172, Kellog Institute, marzo de1992).

Desde mi humilde perspectiva, este "sueño representativo", republicanismo liberal mediante, no se materializa en ningún país de este mundo y aparece tan sólo como el costado más débil del sistema político que llamamos democracia representativa. Siempre el pueblo ha "delegado" en los funcionarios que elige no únicamente su poder, sino también su responsabilidad. Y no sólo por "defecto propio", sino, fundamentalmente, por "virtud" de aquel sistema político. Es la cultura paternalista de la que deriva la reticencia popular a participar en la "cosa pública", su tendencia a juzgar y condenar a los políticos (acertada o equivocadamente) y sus intentos destituyentes, muchas veces exitosos, en pos de cambiar un paternalismo por otro, alentado por políticos y empresarios que promueven esa cultura paternalista, por la sencilla razón de que es funcional a sus intereses sectoriales.

No existe la representación política (en tanto gobierno) de las necesidades y expectativas del pueblo en su conjunto, sino sólo de una parte de él. Hace dos años, el gobierno representaba a un sector del pueblo y hoy el gobierno representa a otro sector. Nunca se puede representar el todo. Por eso es que la representación política siempre ha sido proclive a degenerar en la legitimación del poder oligárquico.

Salida con inclusión

La salida no es sencilla, pero se puede esbozar alentando la inclusión política, revolución cultural mediante. Esta idea no sólo remite a una notable ausencia popular en la propuesta y el  debate de las decisiones que a todos nos afectan, sino a la continuidad en una búsqueda latinoamericana que, en términos de intervención popular en la conformación de sus propias políticas, comienza en la década del ´70 del siglo XX, con la aparición de la Investigación Acción Participativa -cuyos referentes ineludibles son el sociólogo colombiano Orlando Fals Borda y el pedagogo brasileño Paulo Freire-, que, desde fuera del sistema de gobierno y posicionada claramente en el campo ideológico socialista, promovió una sociología del compromiso, convirtiendo al "objeto" de estudio (un grupo determinado de personas) en "sujeto" de su propio análisis y de su propio proyecto emancipador.

El Presupuesto Participativo -hipótesis propia- es uno de sus "productos" resultantes, aunque no vislumbrado ni, mucho menos, impulsado por ella: ha sido un punto de confluencia por "inercia" de aquellas culturas emancipadoras emergentes. No es casualidad que el Presupuesto Participativo haya sido "inventado" por un gobierno socialista. Pero no es la única herramienta ni la más importante. Sólo es un ejemplo de lo posible (ver el artículo "Nadie está pensando en la inclusión política").

(*) Carlos Sortino exclusivo para Cadena BA. 25/11/2017

Periodista, ex docente de la UNLP. Referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA): https://www.facebook.com/COMPALaPlata/